Un águila sobre vuela la pista. Desde hace tiempo acostumbro en fijarme en los elementos que rodean mi área de trabajo: a lo largo de los años, impartir las sesiones de aprendizaje asistido con equinos me ha enseñado que no solamente los caballos que se encuentran dentro de la pista pueden jugar un rol indispensable.

Me arrodillo junto a mi paciente, una mujer mayor, sabiendo que esta sesión se desarrolla de manera diferente. Ella no puede desplazarse ni mover los caballos ya que su enfermedad crónica y avanzada no se lo permite. Su rostro muestra una frialdad a la que ya me acostumbre: no enseñar las emociones, ni exteriorizar el sentir son algunas de las conductas más frecuentes…

Esta tarde la manada consta de cuatro caballos e incluye una yegua Palomino recién parida. El área de trabajo esta divida por una malla ciclón que deja ver otra manada. Al iniciar la sesión con la usual observación de caballos, el potrillo de la yegua Palomino se recuesta sobre el suelo. Este movimiento no me sorprende, a menudo el cansancio extremo, las depresiones o las enfermedades se ven reflejados de esta forma por los caballos. Mientras solicito a mi paciente describir las razones que la empujaron a sentirse así y que la siguen manteniendo en esta situación, me llama la atención el comportamiento de otro potro, que se encuentra en el potrero conjunto, del otro lado de la cerca, el cual adopta la misma postura en un paralelismo perfecto. Cuando se lo hago notar a mi paciente, ella estalla. “Es mi hermana mayor. Esta muy mal. Peor que yo” Intuyo que esta familia repite un patrón de enfermedades, las lealtades inconscientes y por lo tanto tan difíciles de romper. Se también que hablar sobre un tercero es más fácil que reconocer nuestras propias debilidades y nuestros errores. Por esta razón, decido mejor enfocar su atención hacia el potro que representa a su hermana. Las palabras fluyen: dolor, tristeza, traición, rencor, enojo… Tantos sentimientos guardados, los reclamos silenciados: “Y nadie sabe ni se preocupa por como me siento…” Al pronunciar estas palabras, la paciente empieza a referirse a si misma, el inicio del reconocimiento y del porque de su enfermedad. Un caballo adulto se aproxima al potrillo, y lo empuja suavemente en un intento de ponerlo de pie. La ayuda se ve rechazada con una mordida. “Estas segura que no te quieren ayudar o que no te comprenden? O eres tu la que no acepta ayuda y compasión?” menciono al ver esta actitud. El silencio que prosigue no me desmiente. Ambos potros, en este mismo momento, deciden ponerse de pie, una acción que les deja agotados y tambaleantes. “Están de pie” grita la señora, “los dos se pusieron de pie al mismo tiempo”. Ignoro si esta sesión tendrá los efectos físicos que tuvo en los dos potrillos. Los cambios de actitudes que los caballos despliegan a lo largo de una sesión reflejan generalmente un cambio en la vida real del paciente… El simple hecho de tomar conciencia de nuestra forma de actuar es un gran paso más solo el paciente sabe si vale la pena luchar por un mejor vivir o si prefiere mantenerse en una zona conocida, incluso si esta es sinónimo de malestar. Y en esta decisión, ni los caballos pueden interferir aunque en las sesiones, enseñan un andar diferente…

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